Las palabras importan
Al final de muchos artículos, y en las biografías de no pocos perfiles en redes sociales, aparece una variante de la misma frase: “Las opiniones expresadas aquí son personales y no representan el punto de vista de [nombre de la empresa o medio].”
La leo y siempre me surge la misma pregunta, con su dosis de sarcasmo: ¿puede una empresa tener un punto de vista?
La respuesta corta es no.
No como lo tiene una persona.
Es cierto que en algunos países se les denomina “personas morales” y que sus fundadores o directivos les definen valores, principios, incluso una cultura. Pero nada de eso equivale a tener una opinión propia sobre un tema específico, del modo en que la tiene un individuo con historia, experiencia y criterio formado.
Cuando alguien escribe esa frase, lo que quiere decir —con toda legitimidad— es que sus ideas no comprometen la reputación de la organización a la que pertenece. Eso es válido y comprensible. El problema no es la intención. Es la imprecisión.
Porque si las palabras importan —y vaya que importan— entonces vale la pena llamar las cosas por su nombre. No “no representa el punto de vista de la empresa”, sino “no representa el punto de vista de su dirección editorial” o “de sus socios” o “de su consejo”. Personas. Con nombres y responsabilidades concretas.
No es un detalle menor.
Es la diferencia entre comunicar con claridad y comunicar con comodidad.
Llevo desde 1998 trabajando en marketing, comunicación y UX. Y hay una frase que aprendí al entrar formalmente a esta industria, de la mano de Ana Cravioto y Gustavo Ross Quaas, que nunca he olvidado. Es el lema histórico de McCann: “Truth well told.” La verdad, bien dicha.
No como un ideal abstracto, sino como criterio práctico. Comunicar con verdad no significa exponer todo ni renunciar a la discreción. Significa elegir las palabras que dicen lo que realmente quieres decir, sin escudarte en construcciones vagas que suenan correctas pero no lo son del todo.
La guía práctica es simple: la próxima vez que escribas un disclaimer, una biografía o cualquier texto que hable en nombre de una entidad, pregúntate si las palabras que usas reflejan con precisión lo que quieres comunicar. Si la respuesta es no, cámbialas. No por purismo lingüístico, sino porque la claridad es siempre mejor para tu marca, tu reputación y tu lector.
Las empresas no tienen opiniones. Las personas que las forman, sí. Y esa distinción merece respetarse, también en el lenguaje.




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