Ceguera de taller: por qué el especialista a veces es el peor médico de su propio problema.

Hace aproximadamente un año empecé a sentir un dolor intenso en el lado derecho del rostro. Fue creciendo hasta hacerse insoportable. Un par de noches no dormí en absoluto.

Lo primero que hice fue ir con mi dentista, porque el dolor había comenzado cerca de un procedimiento odontológico. Me revisó, no encontró nada, me recetó analgésicos. El dolor siguió.

Las características me hacían pensar en neuralgia del trigémino. Tengo un tío que la padeció y que terminó operándose. Así que busqué a un neurólogo especializado. Me pidió una resonancia magnética. Se confirmó el contacto entre el vaso sanguíneo y el nervio. Sin embargo, no tuve que operarme. Para entonces, el dolor había desaparecido. Lo que lo resolvió fue el CBD, todavía estigmatizado por muchos médicos. Otra historia sobre la necesidad de mirar más allá del propio taller.

Eso es precisamente la ceguera de taller: la limitación que surge cuando el especialista, por profunda que sea su formación, solo puede ver el problema desde su propio ángulo. No por mala fe. Sino porque su entrenamiento lo ha llevado a afinar un instrumento muy específico, y con ese instrumento lo mide todo.

Y ojo: la especialización es un avance real. En medicina, en marketing, en recursos humanos, en operaciones, en manufactura. Nos permite profundizar, encontrar soluciones más precisas, resolver problemas que antes eran intratables. El problema no es especializarse. Si no creer que la especialidad propia es suficiente para cualquier problema.

Porque algunos problemas, los más complejos, no respetan las fronteras de una disciplina. Requieren una mirada más amplia, a veces simplemente distinta, y muchas veces externa. El ego del especialista, que suele ser considerable, puede convertirse en el obstáculo más silencioso.

En el ámbito de los negocios esto se vuelve especialmente visible. Ya lo decía en otro artículo sobre el customer journey: un CMO no puede ser responsable de una experiencia que ocurre en buena parte fuera de su control. Operaciones, logística, sistemas, finanzas, todos tocan al cliente. Y cada área, desde su propio taller, ve solo su parte. El resultado es una experiencia fragmentada que nadie termina de poseer.

La ceguera de taller se ha intensificado en las últimas décadas precisamente porque la especialización se ha acelerado. Cuanto más fina es la punta del lápiz, menos superficie abarca. Y los problemas reales, los que importan, rara vez caben en una punta.

La mirada múltiple no es un lujo. Es una necesidad que pocos se conceden a tiempo.

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