Hace muchos años escuché una frase que no he olvidado: cuando conduces un auto, conduces un arma de más de una tonelada. Desde entonces conduzco de otra manera. Y procuro, cuando puedo, que quienes están a mi alrededor también lo hagan.
No es moralismo. Es física.
Recordarás esta fórmula de la secundaria:
F = m · a
Fuerza es igual a masa por aceleración. La unidad es el Newton.
No voy a hacer todos los cálculos aquí, pero sí los que importan. La fuerza máxima que podría ejercer una persona de 62 kilogramos corriendo es de alrededor de 190 Newtons. La fuerza necesaria para frenar un automóvil sedán de 1,500 kilogramos, de 60 km/h a cero en 50 metros, es de 14,000 Newtons.
14,000 contra 190.
No hay reglamento de tránsito que cambie esa proporción. No hay argumento sobre quién tenía el paso o quién llegó primero que la haga irrelevante. La física no negocia.
Por eso el peatón siempre tiene preferencia. No porque la ley lo diga, aunque también lo diga. Sino porque en cualquier encuentro entre un cuerpo humano y un vehículo en movimiento, el resultado está determinado por una ecuación que no tiene nada de ambigua.
Lo mismo aplica con los ciclistas y los motociclistas. Sé que a veces su comportamiento en la vía desespera. Sé que no siempre respetan las señales. Pero la asimetría de fuerzas no cambia según quién tenga la razón moral del momento.
Conduce como si todos los que te rodean fueran frágiles. Porque lo son. Y tú, al volante, eres quien tiene la fuerza.




