El ego: el copiloto que siempre va contigo.

En un artículo anterior usé la analogía del auto para hablar del presente, el pasado y el futuro. El parabrisas como el aquí y el ahora. El espejo retrovisor como la mirada al pasado. Las señales de tránsito como los futuros posibles.

Quedó pendiente explicar una imagen. La que aparece arriba en ambos artículos.

Cuando conduces tu vida, siempre llevas un copiloto. No es otra persona. No es la divinidad, aunque cada quien tiene su propia relación con eso. Es tu ego.

Y el ego, como cualquier copiloto, puede ser una ayuda o un estorbo, dependiendo del momento y de cuánto le permitas intervenir.

Cuando el ego funciona bien, te impulsa. Te recuerda por qué empezaste, te ayuda a leer las señales de lo que viene y te da el empuje para seguir cuando el camino se pone difícil. En esos momentos, vale escucharlo.

Pero el ego también tiene sus mañas. Puede infundirte inseguridad justo cuando más claridad necesitas. Puede amplificar el miedo hasta hacerlo parecer más grande que el obstáculo real. Y a veces, lo más peligroso, omite alertarte sobre lo que se viene porque prefiere que sigas cómodo donde estás.

La habilidad no es silenciarlo. Es aprender a distinguir cuándo habla desde la sabiduría y cuándo habla desde el miedo. Cuándo su voz te impulsa hacia adelante y cuándo te frena sin razón suficiente.

Ese discernimiento no llega de golpe. Se construye con atención, con honestidad y con la disposición de mirarte sin demasiada indulgencia ni demasiada dureza.

Reconoce en tu vida cuándo escuchar a tu copiloto.

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