Computadora cuántica humana: ¿y si la inteligencia colectiva es lo que la IA no puede replicar?

Gustavo Ross y yo llevábamos un rato parados en el tráfico de la Ciudad de México cuando empezamos a ‘futurear’, como acostumbramos hacer. Era la época en que recién aparecían los primeros smartphones y nos preguntábamos qué se podría hacer con ellos.

La idea llegó sola: si conseguíamos que los usuarios compartieran su ubicación en tiempo real, podríamos construir un mapa dinámico del tráfico. Nadie lo estaba haciendo todavía. La conversación fue emocionante. Y no ejecutamos la idea.

Un tiempo después apareció Waze. En Israel.

Ideas que llegan a varios al mismo tiempo

Quizás a ti también te ha pasado. Tener una idea que luego ves ejecutada por alguien más, en otro lugar, sin ninguna conexión contigo. O haber escuchado que grandes descubrimientos en la historia de la humanidad surgieron de forma simultánea en partes distantes del globo, sin que sus autores se conocieran ni se hubieran comunicado.

Hay explicaciones razonables para esto. El contexto tecnológico y cultural crea condiciones similares en lugares distintos, y personas distintas llegan a conclusiones similares porque están resolviendo los mismos problemas con las mismas herramientas disponibles. Eso explica mucho.

Pero hay pensadores que van más lejos. David Bohm y Burkhard Heim, desde la física teórica, exploraron ideas sobre interconexión a nivel cuántico que la comunidad científica mainstream no ha aceptado, al menos no todavía. No las presento como verdad establecida — no lo son — sino como una especulación que me parece demasiado interesante para ignorar: ¿y si estamos conectados de formas que todavía no sabemos medir?

La cajonera y el poder de las conexiones inesperadas

En mis clases de creatividad uso un concepto de Estanislao Bachrach que me parece de los más útiles para entender cómo funciona el pensamiento creativo. La idea es que nuestro cerebro funciona como una inmensa cajonera: cada cajón contiene un concepto construido a partir de nuestras experiencias. Cuando queremos resolver algo, abrimos cajones y los combinamos. La clave está en qué tan alejados están los cajones que abrimos. Mientras más distantes, más inesperadas y creativas las conexiones.

Lo que hace que una persona sea más creativa que otra no es necesariamente que tenga más cajones, sino que sea capaz de abrir combinaciones más inusuales. Y lo que hace que un equipo sea más creativo que un individuo es que cada persona trae una cajonera diferente.

Aquí es donde la inteligencia colectiva empieza a tener dimensiones difíciles de calcular.

Seenapse, herramienta creada por Rafa Jiménez, lleva esta lógica a otro nivel: permite conectar los cajones de personas distintas que han alimentado la plataforma, generando asociaciones que ninguna mente individual habría producido sola. Con la integración de IA, el proceso se vuelve aún más veloz. Pero la materia prima sigue siendo humana: las conexiones que la herramienta encuentra provienen de experiencias, intuiciones y perspectivas reales de personas reales.

Lo que la IA procesa y lo que los humanos conectamos

Un modelo de lenguaje como los que usamos hoy procesa cantidades enormes de texto y encuentra patrones estadísticos entre palabras y conceptos. Es extraordinariamente útil. Pero hay algo que no hace: vivir. No tiene un cuerpo que ha sentido el tráfico de la Ciudad de México un martes por la tarde. No tiene la memoria de una conversación con un amigo que derivó en una idea que no ejecutaste y que alguien más ejecutó años después. No tiene el tipo de contexto encarnado que hace que dos personas en un auto lleguen a una idea que cambia la industria del transporte.

La IA aprende de lo que los humanos ya produjeron. La inteligencia colectiva humana produce lo que todavía no existe.

La pregunta que no me puedo quitar

Si realmente estamos conectados de formas que aún no comprendemos del todo — ya sea por contexto compartido, por dinámica cultural, o por algo más difícil de nombrar — y si consiguiéramos aprovechar conscientemente ese poder de cómputo colectivo de miles de millones de mentes simultáneas: ¿qué más podríamos crear? ¿Podríamos resolver problemas que hoy parecen irresolubles? ¿Seríamos más capaces de ponernos en el lugar del otro?

No tengo respuesta. Pero me parece que hacerse la pregunta ya vale algo.


Si también te pones a pensar en estas cosas, ya sabes lo que eso significa.

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