Hace algún tiempo vi circular en redes sociales la campaña de una universidad que ofrecía una Maestría en Inteligencia Artificial Aplicada. El nombre era audaz. La velocidad con la que habían armado el programa, llamativa.

Me detuve a revisar el plan de estudios.
Los dos primeros trimestres incluían materias medianamente relacionadas con inteligencia artificial. Algunas me parecían fuera de lugar para una maestría, pero decidí no ser demasiado exigente. Lo que vino después fue más difícil de ignorar: los trimestres siguientes no tenían materias definidas. Todo estaba marcado como optativo, sin especificar entre qué opciones el estudiante podría elegir.
Una maestría en IA que no sabe qué va a enseñar después del primer semestre.
No lo digo para señalar a una institución en particular. Lo digo porque es una muestra de algo más amplio que estaba ocurriendo en ese momento y que sigue ocurriendo, aunque con distintos protagonistas: organizaciones de todo tipo subiéndose al hype de la IA sin entender bien con qué se come. Mucho menos cómo se aplica en los distintos ámbitos del quehacer humano.
La IA lleva tiempo entre nosotros. Pero para la mayoría permanecía invisible, integrada en algoritmos que usaban sin saberlo. Cuando ChatGPT la puso al alcance de cualquiera, el asombro fue genuino. Y el asombro es un buen punto de partida. El problema es cuando se queda ahí, sin pasar a la comprensión, sin cuestionamiento, sin criterio.
Estábamos, en ese momento, frente a una nueva burbuja. Con características distintas a la de las punto com, pero con la misma mecánica de fondo: promesas que corren más rápido que la capacidad real de cumplirlas. Y cuando las burbujas revientan, las consecuencias no las pagan quienes las inflaron. Las pagan quienes creyeron en ellas.
Ojalá me equivoque. Pero la historia rara vez lo permite.
Nota: Escribí esto en julio de 2023, cuando el hype de la IA generativa estaba en su punto más alto. Desde entonces el mercado ha madurado, algunas burbujas han desinflado y otras han tomado formas que no anticipábamos. Lo que describo aquí, organizaciones que se suben a una tendencia sin entenderla, no ha desaparecido. Solo ha cambiado de forma.




