No te voy a decir quién dijo esto. Pero me atrevería a afirmar que es el aprendizaje más importante para tu vida. Casi el único que importa de verdad.
El ser humano es, antes que cualquier otra cosa, un ser relacional. No existe actividad humana que no implique una relación con otra persona. Todo lo que haces, lo haces en relación con alguien.
Tu pareja. Tu cliente. Tu usuario. Tu compañero de equipo. Tu socio, tu amigo, tu hermano, tu hijo, tu alumno, tu maestro. El autor del libro que lees. El lector que te lee. Quien está a tu cuidado. Quien te cuida a ti.
La lista no tiene fin porque la relacionalidad no tiene excepciones. Es la condición de base de todo lo humano.
Y sin embargo, es sorprendente con qué frecuencia tomamos decisiones, diseñamos productos, construimos estrategias, conducimos conversaciones, como si el otro fuera un obstáculo, una variable o un medio. Como si el resultado que buscamos para nosotros fuera independiente del resultado que genera en quien está al otro lado.
No lo es. Nunca lo ha sido.
El bien para el otro es el bien de los dos. No como ideal romántico ni como mandato moral. Como descripción de cómo funcionan las cosas en realidad. Las relaciones que perduran, los negocios que crecen, los equipos que crean algo extraordinario, todos tienen en común que alguien en algún momento entendió esto y decidió actuar en consecuencia.
Es el principio más simple y el más difícil de sostener al mismo tiempo.
Pero vale la pena intentarlo. Cada vez.




