Era 2015, cuando en IAB Conecta, escuché a Faris Yakob hablar de algo que entonces sonaba casi filosófico: la economía de la atención. La idea era que vivimos en un mundo con exceso de información y escasez de atención. Y que esa escasez se había convertido en el recurso más codiciado del mercado.
Las plataformas digitales, decía Yakob, no venden productos. Venden el tiempo que sus usuarios pasan en ellas. Sus clientes reales no somos nosotros sino los anunciantes.
Lo escuché, lo entendí, y lo normalicé. Como se normalizan muchas cosas incómodas.
Pero esta semana Sofía Contreras lo trajo de vuelta en su newsletter Cortito con un ángulo que yo no había verbalizado. El contenido que hoy puebla esas plataformas es mayoritariamente generado con IA. Plano. Con filtros y sin fricción. Sin la torpeza, la rareza, la imperfección que hacía que el contenido de otra persona te dijera algo sobre ella.
Y ahí está la paradoja que no puedo sacudir: plataformas diseñadas para conectar personas, llenas de contenido que no hizo ninguna persona.
El problema no es nuevo pero se aceleró. Primero el algoritmo dejó de mostrarte a quienes seguías para mostrarte lo que te mantuviera más tiempo pegado a la pantalla. Luego el formato se fue achicando hasta volverse irreconocible. Después llegó el contenido generado, listo para llenar el espacio infinito del scroll con algo que parece humano pero no lo es.
Lo que se perdió en el camino no es menor. Las redes sociales, en su momento más genuino, tenían algo que ningún medio masivo había logrado: la posibilidad de asomarte a la vida de alguien real. No a un personaje construido para la pantalla, sino a alguien con criterio propio, con contradicciones, con una perspectiva que no había pasado por un departamento de marketing.
Eso es lo que la economía de la atención fue devorando, despacio y sin anunciarlo.
La conclusión a la que llego, y que me resulta incómoda, es que el problema no está en la IA ni en los algoritmos. Está en que nosotros seguimos ahí, dándoles lo que necesitan para seguir funcionando así. Cada vez que no cerramos la app. Cada vez que el scroll reemplaza a algo que podríamos haber hecho distinto.
Yakob lo vio hace años. Las plataformas lo sabían desde el principio. Lo que queda por resolver es qué hacemos nosotros con eso.
Foto de Vitaly Gariev en Unsplash




