Cuando aparecieron los sistemas operativos basados en ventanas, con teclado y ratón, venían acompañados de algo que parecía entretenimiento pero no lo era del todo: juegos como el Solitario y el Buscaminas. Sin que nadie lo nombrara así, esos juegos eran tutoriales encubiertos. Nos enseñaron a hacer clic, a usar el clic derecho, a arrastrar y soltar. Cuando llegó el momento de usar el sistema operativo de verdad, ya sabíamos cómo movernos en él.
Hoy quienes nos enseñan a usar interfaces no son los manuales ni los tutoriales. Son las apps que más usamos. Las más populares. Y lo hacen sin que lo notemos, simplemente porque las usamos todos los días.
De ahí que muchas aplicaciones compartan patrones que reconocemos de inmediato: un feed, mensajería directa, perfil de usuario, navegación inferior con íconos similares en posiciones similares. No es falta de originalidad. Es inteligencia de diseño. Partir de lo que el usuario ya sabe hacer reduce la fricción, acelera la adopción y elimina la necesidad de explicar lo que ya es evidente.
El problema aparece cuando un equipo de producto decide ignorar todo eso. Cuando quiere inventar el hilo negro. Cuando diseña una interfaz que obliga al usuario a aprender desde cero cómo moverse, sin que la novedad justifique el esfuerzo.
Ese camino existe. Pero es cuesta arriba. Y la mayoría de los usuarios no están dispuestos a subirlo contigo.
Suerte con eso.




