En ActivaMente teníamos un hábito que con el tiempo entendí como uno de los más valiosos que cultivamos juntos. Ana, Gustavo, René y yo nos regodeábamos compartiendo lo que descubríamos de loable e innovador en los negocios que veíamos a nuestro alrededor. No en conferencias ni en libros. En la calle, en los restaurantes, en cualquier negocio que cruzáramos con los ojos abiertos.
Uno de nuestros lugares favoritos era los tacos Don Juan, en la calle Atlixco de la Condesa. Un negocio que había nacido como spin-off de la carnicería del padre de Gerardo, el dueño, y que había conseguido algo que no es tan común: una clientela fiel, una operación eficiente y un producto que la gente recomendaba sin que nadie se lo pidiera.
René fue más allá de la observación. Platicaba con Gerardo, preguntaba, indagaba. Y así descubrió un detalle que parecía menor pero que revelaba una inteligencia operativa real: cortaban los bistecs con la carne todavía congelada, usando una rebanadora de embutidos, para conseguir cortes muy delgados. El resultado era doble: la carne se asaba más rápido y llegaba al taco en el grosor exacto para comerla sin necesidad de cortarla. Menos tiempo, menos esfuerzo, más comensales atendidos al día.
Eso es innovación. No siempre llega de una sesión de Design Thinking o de un taller de creatividad. A veces llega de pararse frente a un negocio exitoso y preguntarse qué está haciendo bien y por qué.
La mirada de innovación se desarrolla así: observando otros negocios, no solo el tuyo. Preguntándote qué introdujeron para ser exitosos. Y también qué mejorarías tú si fuera tuyo. Esas dos preguntas juntas activan algo que la observación pasiva no consigue: el pensamiento analógico, la capacidad de trasladar un aprendizaje de un contexto a otro completamente distinto.
Un taco bien cortado puede enseñarte algo sobre tus propios procesos. Solo tienes que estar mirando con las preguntas correctas.




