Las buenas historias se recuerdan. Las que se repiten, se vuelven parte de ti.

Estamos hechos de historias. Mientras más lo pienso, más me convenzo de que es literal, no metafórico.

Contar historias no es una habilidad moderna ni una técnica de marketing. Es algo que llevamos haciendo desde que éramos capaces de reunirnos alrededor de un fuego. Antes de la escritura, antes del lenguaje formal, ya nos contábamos cosas. Ya construíamos sentido colectivo a través de relatos. Eso no ha cambiado. Lo que ha cambiado es el fuego alrededor del que nos sentamos.

Una buena historia mueve emociones. Causa una impronta. Se instala en un lugar de la memoria al que los datos y los argumentos racionales rara vez llegan. Por eso toda acción de marketing que no tenga una historia detrás trabaja a media potencia. Puede informar, puede convencer, pero difícilmente conmueve. Y lo que no conmueve no se recuerda.

A veces la historia se cuenta a través de varias acciones que juntas construyen un relato. Otras veces la misma historia aparece en cada pieza, adaptada al formato pero reconocible en su esencia. Las dos formas funcionan. Lo que no funciona es el marketing sin historia.

Pero hay algo más que pocas veces se dice con claridad: una historia impacta más cuando se repite. No porque el público no la haya entendido la primera vez, sino porque la repetición es parte de cómo las historias se vuelven memorables. Piensa en las veces que le pediste a tu madre o a tu abuelo que te contaran el mismo cuento que ya sabías de memoria. No querías saber cómo terminaba. Querías volver a sentir lo que te hacía sentir.

El marketing funciona igual. La historia que tu marca cuenta una sola vez es interesante. La que cuenta bien y repite con consistencia se vuelve parte de la identidad de quienes la reciben.

Por eso discrepo un poco con el famoso “content is king, distribution is queen.” No porque sea falso, sino porque pone el énfasis en los mecanismos. Yo prefiero pensar así:

Good stories are memorable. Repeating good stories is mesmerizing.

Rafael Lizárraga
Compartir artículo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *