El peso específico de las palabras.

Por qué “cabeza” y no “mente”.

A los 12 años empecé a escribir poesía. Y a leer mucha más de la que escribía. No lo sabía entonces, pero estaba entrenando algo que años después se volvería central en mi forma de trabajar: el oído para las palabras.

El momento en que todo tomó forma fue en la preparatoria, cuando aprendí ecuaciones químicas. Algo hizo clic. Una ecuación debe estar balanceada para ser válida. Y una frase, un verso, un slogan, también.

Seguramente te ha pasado. Terminas de escribir algo que está bien, ortográfica y gramaticalmente impecable, y aun así algo no cierra. No cumple. No llega. Lo sientes antes de poder explicarlo.

Lo que estás percibiendo es el balance de la frase. Y ese balance depende del peso específico de cada palabra que la compone.

¿Qué determina ese peso?

He identificado tres aspectos fundamentales.

El primero es la extensión: cuántas sílabas tiene la palabra y cómo eso afecta el ritmo de la frase completa. El segundo es la musicalidad: hay palabras cerradas, como “gestión”, que obligan a una pausa, aunque sea de microsegundos. Y hay palabras abiertas, como “gerencia”, que fluyen sin interrupción. Esa diferencia, que parece menor, cambia la melodía entera de lo que escribes. El tercero, y quizás el más complejo, es el significado: no solo el que tú le das a la palabra, sino el que tiene para quien te lee o te escucha. Porque una palabra puede ser técnicamente correcta y culturalmente extraña al mismo tiempo.

Hay un ejemplo que ilustra todo esto mejor que cualquier teoría. El slogan que Raúl Cardós y su equipo crearon en Leo Burnett para Volkswagen: “Todo el mundo tiene un Jetta, al menos en la cabeza.” Una frase que lleva décadas instalada en la memoria colectiva.

Ahora cambia “cabeza” por “mente”. La longitud cambia, la melodía se rompe, y algo más sutil también se pierde: “mente” suena clínico frente a la naturalidad de “cabeza” para el target de esa campaña.

Prueba con “cerebro”. El problema se multiplica. Además de cambiar la melodía, obliga a sustituir el artículo “la” —abierto, que fluye— por “el” —cerrado, que pausa. Y nadie dice que algo se le quedó grabado “en el cerebro” cuando quiere decir que no puede dejar de pensar en ello.

¿Hubiera sido tan memorable esa campaña con el slogan mal balanceado?

Estoy convencido de que no.

Escribir con precisión no es solo elegir la palabra correcta en términos de significado. Es elegir la palabra que tiene el peso justo para que la frase entera se sostenga, suene y llegue.

Yo siempre procuro hacerlo. Es un hábito que se construye con años de lectura, de escritura y de mucha atención a lo que las palabras hacen más allá de lo que dicen.

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