Algunos ignoran que fui uno de los primeros webmasters de México.
El término ya no se usa, pero describía algo muy concreto: el todólogo del sitio web. Programabas en HTML, JavaScript y CGI. Escribías los contenidos. Diseñabas los elementos gráficos. Mantenías todo actualizado. No había equipo. Eras tú.
Mi primer trabajo así fue en Grupo Autofin México. Llevaba los sitios de Autofin, de su equipo de futbol Toros Neza, del restaurante Bolívar 12 y de su autoboutique. Todo. Solo.

Un dato que me parece curioso en retrospectiva: en aquella época, solo tres sitios de futbol en México actualizaban semanalmente la tabla de posiciones. Los de Pumas, América y Toros Neza. Y la tabla la editaba yo a mano, cada semana, sin automatización de ningún tipo.
Han pasado 27 años desde aquello. Tanto ha cambiado en el ámbito digital que da vértigo mirarlo desde aquí.
Pero lo que me detuvo hoy a reflexionar no es la cantidad de cambios sino un patrón que reconozco: el marketing digital cayó en la misma trampa de la especialización que afecta a cualquier disciplina que madura. La que en otro artículo llamo ceguera de taller. Y nos pasó más rápido que a casi cualquier otra industria, por la velocidad exponencial de los cambios.
El webmaster era un generalista por necesidad. Lo que vino después fue fragmentando ese perfil en decenas de especialidades. Cada una más profunda y más estrecha que la anterior.
No digo que la especialización sea mala. Digo que sin una mirada que integre, cada especialista ve mejor su pieza y peor el conjunto.
Y lo que falta por cambiar todavía hace que el vértigo no termine.
Nota: Escribí esto en enero de 2024, cuando ya llevaba 27 años desde mis primeros sitios web. La reflexión sobre la especialización y la ceguera de taller la desarrollo con más profundidad en otro artículo de este blog. Esto es solo la anécdota que la detonó.




