El verdadero peligro de la IA no es la IA.

Hay una imagen que Hollywood lleva décadas perfeccionando. La conoces. Una máquina que cobra conciencia, decide que los humanos son el problema y procede a resolverlo. Terminator. Matrix. Black Mirror. El momento en que la inteligencia artificial despierta coincide, en casi todos estos relatos, con el inicio del fin de la humanidad.

Es una narrativa poderosa. Y creo que ha hecho un daño real a la forma en que nos relacionamos con la tecnología.

Porque ese imaginario colectivo es el que alimenta los dos extremos del debate actual: los que advierten que la IA acabará con tu empleo si no la adoptas hoy, y los que anuncian que estamos al borde de una extinción programada. Ambos comparten el mismo fondo: la máquina como amenaza existencial.

Yo me declaro positivo respecto a la IA. Pragmático sobre su estado actual, esperanzado con prudencia sobre su futuro. La IA lleva tiempo entre nosotros, haciendo cosas tan distintas como optimizar una campaña publicitaria o decidir si se dispara desde un dron del ejército. No es ciencia ficción. Es presente.

Y sin embargo, hay algo que sí me preocupa. Pero no es la tecnología.

Son las personas detrás de ella.

Los que la programan. Quienes la instruyen. Aquellos que deciden para qué se usa y para qué no. La IA no tiene motivaciones propias. Las motivaciones las ponen quienes la desarrollan y quienes la despliegan. Y ahí, en ese espacio humano, es donde viven los peligros reales: la falta de empatía, la ausencia de generosidad, el ego, la ambición sin freno. Los mismos defectos que han acompañado a la humanidad en cada revolución tecnológica anterior. La IA no es la excepción. Es el escenario más reciente.

Por eso me parece que pedir una pausa en el desarrollo de la IA, además de ingenuo, apunta en la dirección equivocada. El problema no es la velocidad del desarrollo. Es la ausencia de marcos éticos y regulatorios que acompañen ese desarrollo con la misma urgencia.

Lo que necesitamos no es frenar. Es pensar. Con seriedad, con alcance global y con la humildad suficiente para reconocer que estamos construyendo algo cuyas consecuencias aún no comprendemos del todo.

El peligro de la IA no está en la máquina. Está en el espejo.

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