El multitasking que sí existe.

Y que probablemente ya haces.

El debate sobre el multitasking lleva años sin resolverse. Hay quienes afirman que es neurológicamente imposible concentrarse en dos cosas al mismo tiempo. Hay quienes lo atribuyen a una ventaja genética exclusiva de las mujeres. Y hay quienes simplemente lo descartan como mito moderno.

Yo tengo una postura distinta: el multitasking existe, pero no funciona como solemos imaginarlo.

No se trata de dividir la atención entre dos tareas que requieren concentración plena. Eso, efectivamente, no funciona. Se trata de algo más interesante: la capacidad de ejecutar tareas dominadas en modo casi automático, liberando la mente para pensar en otra cosa al mismo tiempo.

Piensa en conducir. Cuando alguien lleva poco tiempo al volante, conducir consume toda su atención. Cada decisión es consciente, deliberada, costosa. Pero con el tiempo, algo cambia. El pie aprende a anticipar el freno. Los ojos aprenden a leer el espejo retrovisor sin pensarlo. El cuerpo responde a la direccional del auto de enfrente antes de que la mente lo procese del todo. Y de pronto, en medio del tráfico, puedes estar resolviendo un problema del trabajo o reproduciendo mentalmente una conversación pendiente. No porque estés distrayéndote, sino porque conducir ya no requiere toda tu capacidad cognitiva.

Me pasa también cuando toco la guitarra. Si es una canción que domino, puedo interpretarla con sentimiento genuino y al mismo tiempo estar pensando en algo completamente distinto. La música fluye desde un lugar que ya no necesita supervisión consciente.

Lo mismo ocurre con leer en voz alta, con seguir una conversación en grupo mientras escuchas otra aledaña, con cualquier tarea que hayas practicado lo suficiente como para que tu mente la ejecute sin tener que estar del todo presente en ella.

La clave, entonces, no es aprender a hacer dos cosas a la vez desde cero. Es dominar tan bien una tarea que puedas hacerla sin pensar. Ahí es donde la mente se desdobla. Ahí es donde el multitasking, ese que los detractores niegan, ocurre de verdad.

No es un don. Es el resultado natural de la maestría.

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